9 de abril de 2011




Hoy lo vi a Andrés. Y también la semana anterior. Y cada viernes durante los tres meses anteriores. Sólo hoy lo reconocí, porque le pregunté, primero el nombre, después el apellido. Sí, era él.
Lo estuve viendo durante meses como un rostro familiar del barrio... y en esa parada de colectivo, cercana a su casa, lo recordaba y me preguntaba cómo estaría, si estaría... porque el destino de casi todos mis compañeros de primaria, no fue el mejor.
La última vez que lo vi, teníamos 19 años recién cumplidos... y lo sé porque hasta recuerdo la fecha de su cumpleaños. Y la vez anterior antes de los 12. Recuerdo todo lo que hacía, y todo lo que hacíamos. En la primaria fui siempre el lobo disfrazado de oveja, y él el lobo asumido.
"De chico tenía problemas en la casa", me contó mi viejo en referencia al padre de él. Nuestros padres eran compañeros en la misma escuela primaria. Una vez, en un acto le pregunté al padre de Andrés si recordaba a mi padre, y no lo recordaba. Para ellos, la vida era una cuestión de lo que recordaban.
Con Andrés existen recuerdos de situaciones apenas menores que delictivas. Andrés era el chico malo de la escuela. Tenía problemas en la casa. Yo era el chico bueno de mentira. Por alguna capacidad de imaginación para la maldad... compartíamos un banco y algunos ratos. Alguna vez vino a mi casa.
Tantas cuestiones hubo a lo largo de la primaria, que cuando pensaba en él, en esa parada del micro muy cercana a su casa... estaba seguro de que él también recordaría algunas: nuestra imaginación hacía que las maestras se confundieran, rieran y hasta lloraran.
Más allá de una buena cantidad de recuerdos de la infancia, su cara me costó meses reconocerla. Veníamos esperando el micro todos los viernes juntos y nos cedíamos el paso... sólo era un rostro del barrio... de un hombre de cuarenta años como mucho, aunque tenga más de 10 menos. Oscuro, de rasgos bien duros...
Y hoy lo escuché hablar con una voz cascada, porque un auto frenó a preguntar cómo ir hacia determinado lugar. Esa voz y algún gesto dispararon curiosidad. Al llegar el micro, esperamos a que suban todos y yo le cedí el paso que él me devolvió, como la semana anterior y cada viernes durante los tres meses anteriores. Basándose en esa repetición abrió una sonrisa que supe reconocer. Pero en ese momento lo reconocí a él. Porque le pregunté, primero el nombre, después el apellido. Sí, era él.
Le dije que éramos compañeros en la primaria. Él mantenía la sonrisa, pero porque se olvidó de cerrarla... me preguntó mi nombre primero. Pero tampoco recordó mi apellido.

1 comentario:

Almendra dijo...

El otro día escuché que la memoria es la única historia que vale, que no puede ser reescrita (porque no lo está), ni cambiada a antojo de quienes detentan el poder.
Me gusta recordar, me gusta que me recuerden, y este texto me dejó como un poco huérfana de un sabor dulce en la boca...