20 de noviembre de 2009

mezclando el tiempo



Cuesta aprender algunas cosas. A veces uno cree que es noble entrar en la vida de alguien como único. Ser la persona que ocupa la dirección de todos los pensamientos del otro. Pero es una idea egoísta, supongo. Por lo menos, si lo pensamos, llegamos a la conclusión de que no se trata de una idea noble.
Es inevitable que cuando algo comienza, eso pase; y que pase en las dos personas que conforman el dúo, perfecto. Pero bueno, sin querer ahora me encuentro hablando de eso que tantos han dicho y nunca di bola sobre que “la ilusión dura un tiempo, después te encontrás con la verdad” (como si eso fuera siniestro y condenatorio). Y quizá sea así, eh (no lo siniestro; sino la condena a la verdad, como algo positivo).
Hoy estaba viendo fotos… y hubo un pasado que era tan mágico, que una pizca de realidad hizo girar las partículas de la historia al revés, y se convirtió en terrorífico. Pero guarda, ahí entra el asunto de la dignidad. No puedo decir que fue la mía pero… (es que a veces la dignidad, no tiene que ver con lo correcto, pero termina de alguna manera en eso). Si fuera por mí, que me creía noble y digno (solo por tomarme vacaciones de cuestiones inmorales), seguía caminando en la misma dirección y mirando hacia abajo, sólo viendo mi sombra.
Pero fue ella quien tomó la decisión. Quizá no fue firme, como tampoco valiente, pero sí fue digna de ella. No lo hizo de forma moral. Tampoco fue clara, porque… convengamos, a una persona que no quiere escuchar, de nada le vale una buena explicación. Por lo tanto, apretó un botón que activó de alguna manera mi decisión. En ese momento, claro… la odiaba; pero hoy me doy cuenta de que dos vidas tan diferentes, no podían ser una misma. Y quizá las fotos que estuve mirando, las veía con un cariño presente, por esa inteligencia que me sonó macabra.

9 de noviembre de 2009



Cuestiones celestiales que no conviene entender, en las que Poyel, ya había estado cerca de uno, mediante la mirada de otro. El otro había ido un par de veces a ese lugar, y el ángel dejó que viva una pequeña historia, guiada sin fuerza angelical, pero mágica igual.
En estado sólido, era mucho el mareo, y mudar de uno a otro, requería ciertos trámites que eran un poco escabrosos tratándose de lo apremiante del tiempo. Y si se trataba de encarnar en la persona mezclada en el asunto, aun sin tomar decisiones, ya implicaba tratar con Vasiariah, que no le gustaba interferir directamente, y si lo hacía, o permitía la extensión, lo pensaba demasiado.
Por lo tanto, el ángel, fue espectador una vez de las costumbres de la muchacha. Conoció su casa a través de los ojos del muchacho, y se esperanzó en que esta historia tenía ciertas cuestiones para movilizar. Sin embargo, la edad de la gente no deja de sorprender en la solidificación de los corazones: las excusas de los fracasos y la retención de las rutinas, que ayudan a las causas míseras.
Por lo tanto, decidió mudar a estado sólido en el dueño de una armería. El dueño de la armería fue a la noche, sin saberlo a su negocio, algo mareado. Cuidó de que ese estado no le ganara, ya que ambos, uno sabioendo, el otro no, tendrían que dar explicaciones si algo faltaba, y no es cuestión de utilizar a los inocentes, para luego no dejarle otras posibilidades ante la vida. Los asuntos celestiales, se administran en el cielo, aunque el campo sea en el terreno. Poyel esto lo tenía en cuenta, aunque algunos colegas, no. Se podía decir, y no irónicamente, que era un profesional.
Así que utilizó los saberes del hombre para manejar el auto, agazapado en lo más profundo de ese ser, asustado de que recordara una sola vivencia de aquel suceso. Tuvo que esforzar mucho la mente del hombre para sacar la cuenta de cuáles eran los edificios que rodeaban al lugar en cuestión en el que operar. Cuando lo hizo, el hombre, no por casualidad, supo cómo entrar y subir a la terraza.
Poyel puso el ojo del hombre en la mira, y el hombre su mano en el gatillo. Esperaron, uno consciente, el otro no, a que la mira esté despejada del blanco real… El disparo atravesó el lado de una biblioteca, pasando entre varios libros. La chica ya estaba gritando, así que era cuestión de hacer huir al hombre.
Dejemos de hablar del hombre, y pasemos al acto en cuestión. Se explica muy simple: La rutina ya estaba muerta. Lo demás, no era trabajo de él, y ella podría soportarlo.

6 de noviembre de 2009

Pesimismo de primeras

Teníamos cuatro años. La hora de la confianza, la hora de la siesta. Juguetes desparramados en mi pieza; en la cocina, los elegidos; en el patio, el galpón, y arriba de él, nosotros. Habíamos subido saltando desde la parte alta del tobogán que apareció en el patio el Día de Reyes.
El techo de chapa se hacía apenas curvo con el peso de los tres arriba. Nos quedamos sentados en el borde, con los pies en la chapa, y los cantos en los ladrillos. Teníamos algunas piedras que iban a parar a algún lado del patio, y Juan y yo, habíamos subido las pistolas. Habíamos hecho lo que teníamos que hacer, y era hora de bajar. Carlitos y yo, primeros. A Juan no lo vimos. Ya abajo, lo buscamos con la vista arriba del techo. No estaba. Fuimos a la parte perpendicular y Juan estaba boca abajo, en el suelo.
Frase estúpida la de Carlitos “a los que se caen le damos plata”. Por lo menos algo dijo. Yo no dejaba de llamar a Juan, con cierta tranquilidad estúpida, debida a que no me explicaba este tipo de cosas. La gente grande se muere; no los chicos. Juan no respondía, y ya empezaba a ver sangre en algún lado.
Llamé a mis padres.
Todo se pone borroso. Llaman a la madre de Juan. Viene y llora sobre su hijo. En esa época, no sé nada de la bronca, de los juicios, de las culpas… llora sobre su hijo. Deciden que está muerto. Miro al cielo, y las nubes envuelven al disco rojo que ahora es el sol. Así se ve cuando se muere un chico. Me acuerdo de Dios, la noche que bajó a buscar al perro de los de la esquina, enterrado en el terreno baldío de al lado, que tanta conmoción había creado al morirse.
Dios era un hombre muy flaco y viejo, bastante venido a menos; una especie de linyera raquítico, envuelto en una frazada vieja, porque tenía frío y lastimaduras. Y venía, bajaba del cielo, sacaba de esa frazada una pala, para hacer inútil el trabajo de quien enterró al perro. Asuntos celestiales que no me interesaba entender.
Sólo sé que Dios viene a buscar a Juan.
Es de noche, y mis padres llegan del hospital. Estoy con mi abuela, y de esas preocupaciones de gente mayor que escucho, entiendo que Juan se va a poner bien.

1 de noviembre de 2009

Todo lo que sube...

Hay un nudo ahí en el estómago, en la boca pujante, que se define latente, pero siendo pesado, digo: inerte. Cuando la línea del horizonte está muy alta, y la luz no se deja ver, el cielo te está tragando, o es que te tragaste el cielo y lo tenés atragantado en la boca del estómago, queriendo vomitar para verlo.
No es tan jodido que un sentimiento noble no se corresponda. Lo que a veces parece: es que el paisaje no tiene nada noble para corresponder a la mirada de uno. Se supone que se debería rescatar algo de lo que uno ve, pero ese horizonte, a la vez que se eleva, oscurece más lo que está a la vista, y le quita brillo a mis ojos, mientras yo me esfuerzo en inventar con luz los tuyos.
A veces creo que soy el único que se pregunta cómo serían las cosas con un simple clic, que nada hubiera costado en sus respectivos momentos, para hacer trayectorias más dulces de destinos, y no estas líneas tan amargas.
Creo que voy seguir en la mía, de todos modos. La palabra intento, nunca viene bien cuando alguien se toma las cosas con fuerza. Por lo tanto: seguiré buscando hasta encontrar la manera de ganarle al tiempo, o a esa altura negativa de seres que se presentan como etéreos, pero viven con las patas para arriba y terminan aplastándose contra el aire.
Hoy, cosa inesperada, extrañé (te) un poco. Se parecía en todo, salvo por el pelo rubio. Pero los mismos modos, el mismo tipo de chamuyo. Aunque nunca te vi interactuar, sé cómo lo harías y estoy seguro de que sería así.
Me pregunto qué pasaría si vos me vieras a mí. Si supieras cómo soy adentro. Me pregunto cuánto de eso pudiste ver en el tiempo que estuvimos. y si lo hubieras perdonado. A veces, ciertos comportamientos dan pena. A veces, la poca paciencia genera pena. Y a veces uno cree que la mira está bien calibrada.
Qué buena mentira tan grande soy