9 de noviembre de 2009



Cuestiones celestiales que no conviene entender, en las que Poyel, ya había estado cerca de uno, mediante la mirada de otro. El otro había ido un par de veces a ese lugar, y el ángel dejó que viva una pequeña historia, guiada sin fuerza angelical, pero mágica igual.
En estado sólido, era mucho el mareo, y mudar de uno a otro, requería ciertos trámites que eran un poco escabrosos tratándose de lo apremiante del tiempo. Y si se trataba de encarnar en la persona mezclada en el asunto, aun sin tomar decisiones, ya implicaba tratar con Vasiariah, que no le gustaba interferir directamente, y si lo hacía, o permitía la extensión, lo pensaba demasiado.
Por lo tanto, el ángel, fue espectador una vez de las costumbres de la muchacha. Conoció su casa a través de los ojos del muchacho, y se esperanzó en que esta historia tenía ciertas cuestiones para movilizar. Sin embargo, la edad de la gente no deja de sorprender en la solidificación de los corazones: las excusas de los fracasos y la retención de las rutinas, que ayudan a las causas míseras.
Por lo tanto, decidió mudar a estado sólido en el dueño de una armería. El dueño de la armería fue a la noche, sin saberlo a su negocio, algo mareado. Cuidó de que ese estado no le ganara, ya que ambos, uno sabioendo, el otro no, tendrían que dar explicaciones si algo faltaba, y no es cuestión de utilizar a los inocentes, para luego no dejarle otras posibilidades ante la vida. Los asuntos celestiales, se administran en el cielo, aunque el campo sea en el terreno. Poyel esto lo tenía en cuenta, aunque algunos colegas, no. Se podía decir, y no irónicamente, que era un profesional.
Así que utilizó los saberes del hombre para manejar el auto, agazapado en lo más profundo de ese ser, asustado de que recordara una sola vivencia de aquel suceso. Tuvo que esforzar mucho la mente del hombre para sacar la cuenta de cuáles eran los edificios que rodeaban al lugar en cuestión en el que operar. Cuando lo hizo, el hombre, no por casualidad, supo cómo entrar y subir a la terraza.
Poyel puso el ojo del hombre en la mira, y el hombre su mano en el gatillo. Esperaron, uno consciente, el otro no, a que la mira esté despejada del blanco real… El disparo atravesó el lado de una biblioteca, pasando entre varios libros. La chica ya estaba gritando, así que era cuestión de hacer huir al hombre.
Dejemos de hablar del hombre, y pasemos al acto en cuestión. Se explica muy simple: La rutina ya estaba muerta. Lo demás, no era trabajo de él, y ella podría soportarlo.

1 comentario:

Lao dijo...

interesante trama y relato. La fotografía me impactó. Saludos