5 de agosto de 2010

Le gustaba la ciencia ficción por sobre el género fantástico, porque, según decía, sonaba más lógico y hasta plausible.
Era tan racional, que consideraba que la gente que se guiaba por lo que sentía, no estaba a su nivel. Dejó de disfrutar cualquier tipo de película fantasiosa, cuestionando hasta los detalles mínimos.
Al principio era sólo eso; después, con la fuerza de su razón anuladora de detalles fantasiosos hasta lo plausible sonaba imposible: cualquier libro, cualquier historia quedaba desmoronada merced a sus nexos sin sentido, por lo que empezó a cuestionar la existencia misma de ciertos géneros ficcionales.
Empezó a preferir la literatura de género histórico. Sin embargo, lo relativo unido fuertemente a la subjetividad, fue un peso insoportable. Decidió que eso podía anularse con el peso real, con el valor aurático de la imagen; por lo tanto lo fílmico tuvo otra oportunidad.
Pero fuera de los géneros, el problema ahora, era el montaje. Se perdía en el salto de un plano al otro. Los detalles, los nexos, estaban en la continuidad. Nunca podía existir continuidad entre un plano y otro si se los analizaba lo suficiente. Tanto fue lo que analizó, que lamentablemente, se cansó antes de poder terminar de ver una película.
Se le ocurrió probar con el drama como género, tanto literario como fílmico, en ficción y en lo que no era ficción. Pero todo era una construcción.
Decidió buscar otras disciplinas, pero tampoco las encontró cuando entró a un museo a ver los marcos que contenían lienzos manchados con diferentes tipos de pinturas, ni en cuerpos de diferentes materiales que hacían ruido. De hecho, no entendía nada de todo eso.

1 comentario:

Lao dijo...

Lo puramente racional te termina enredando. Muchos saludos.